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Terminada
la Revolución Mexicana, la ciudad de
Matamoros experimentó algunas
trasformaciones. Una de ellas tuvo relación
directa con la llamada ley seca emitida en
los Estados Unidos. La ley se tradujo en
México en la venta y el consumo de bebidas
alcohólicas a los visitantes
estadounidenses. En Matamoros, las fachadas
de los edificios se cubrieron de publicidad,
mientras que un sinnúmero de nuevos negocios
abría sus puertas a la reciente clientela de
turistas extranjeros.
A finales de los años treinta se
inició la operación del distrito de riego
del bajo río Bravo y a la bonanza
algodonera, le siguió una mayor circulación
de dinero y con ella, la fiebre modernista
en la construcción que impuso los estilos de
moda a mediados del siglo XX. Los nuevos
edificios sustituyeron, sin consideración
alguna, a las antiguas estructuras de
ladrillo.
En las décadas siguientes, fueron
demolidos numerosos edificios históricos del
centro. Varias de las construcciones urbanas
más emblemáticas cayeron una tras otra: la
Aduana Fronteriza, el edificio de La
Canasta, la Ferretería México o la casa
Moya. |